Cuando por fin llegaba la moneda —que no siempre llegaba— la presión era enorme. Tenías que hacerlo durar. Y aun así, en cuestión de segundos, el Track & Field te había demostrado que aporrear botones sin criterio no era una estrategia, era una declaración de intenciones. Perdías. Volvías al día siguiente con otra moneda. Así funcionaba el ciclo.
Esos juegos no eran entretenimiento menor. Eran el estado del arte de lo que la tecnología podía hacer en ese momento, desarrollados por equipos pequeños que resolvían problemas de ingeniería que nadie había resuelto antes, con presupuestos ridículos y plazos imposibles. Algunos trabajaban así por dinero. Muchos, claramente, por algo que iba más allá. Se nota en los resultados.
Hoy esos mismos juegos caben en el bolsillo. Puedes emularlos, comprarlos en una tienda digital, jugarlos en el móvil en el metro. La industria que nació en esas cabinas genera más dinero que el cine y la música juntos. El niño que aporreaba botones en un recreativo de barrio vive en un mundo donde los videojuegos son cultura, negocio y patrimonio.